4 Agosto 2019
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
Año C
La ambición es idolatría: las riquezas toman el puesto de Dios. Prometen un fundamento a nuestra vida que se acaba rápido.
Qo 1,2;2,21-23; Sal 89 (90); Col 3,1-5;9-11; Lc 12,13-21
TEl riesgo de una relación avara de las riquezas es: que se convierten en fundamento de nuestra existencia. Toman el lugar de Dios. Lucas define en su Evangelio la riqueza como «inicua»: hace una promesa que no se logra mantener. Otra insidia es: encerrarse en una autosuficiencia. Con mucha ironía Lucas escribe que el rico «razonaba entre si». El verbo griego mejor traducido sería: «razonaba consigo mismo». El dialogo es una palabra entre dos o mas personas. Este rico, sin relaciones, no tiene otros con quien hablar si no consigo mismo. Define «mía» su vida así como «míos» son sus bienes; él pertenece solo a sí mismo. Eh aquí, la idolatría: nuestro «yo» se acaba con el convertirse «dios» de si mismos. Aquí esta la fundamental decisión de nuestra existencia: acumular para si, o enriquecerse para Dios.
Comentario de la Comunidad de Dumenza
Traducción de dom Elias OSB